Autor Tema: Una experiencia inquietante  (Leído 184 veces)

Conectado El luxado

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Una experiencia inquietante
« : 24 de Marzo del 2019, 22:06 »
Una experiencia inquietante
Hace varios años escribo ficciones. Por el placer de escribir, para desahogarme, para decir algo, para contrariar a alguien, etc. Muy pocas veces escribo textos documentales y son memorias de mis experiencias en moto o acerca de la Santa Rosa antigua. Claro, siempre en búsqueda de lo literario y bajo el filtro de mi subjetividad. Hoy siento la necesidad de contar un acontecimiento verídico que me ha ocurrido y que debería callar. Sé que van a tildarme de loco o drogado de una manera injusta pero acepto las consecuencias por el sencillo motivo que tarde o temprano deberé expresarme para exorcizar aquellos momentos que me persiguen con una carga de horror intolerable. Haré la salvedad que no soy supersticioso, no creo en brujas, ni en aparecidos, ni en fantasmas, ni en luces malas... La verdad que le temo más a ciertas Cristinas y a ciertos Mauricios que a todas esas pavadas. Ni siquiera creyente de dios. De chico, educado en un colegio Salesiano fui católico, luego en la facultad: agnóstico y más tarde en la vida, completamente ateo….
Por mi profesión de agrónomo me muevo en campos agropecuarios, y es en este ámbito que ocurrió mi tragedia. Estaba de suplencia en uno de estos campos a 110 kms hacia el oeste de la ciudad. Grandes extensiones con poca aptitud ganadera, montes de caldén y sotobosques bajos, tupidos y espinosos. Un hermoso lugar, agreste, ondulado, solitario, silencioso. Había aprendido a querer este tipo de fisonomía y a disfrutar de la soledad. Normalmente está habitado por el encargado de campo y su señora, sin embargo, por problemas de salud debía estar en los centros médicos en la ciudad tratando su enfermedad. Mi misión era permanecer tres o cuatro días para constatar que todo marchara perfectamente y a la vez realizar algunos trabajos de mantenimiento.
Como dije, me gustaba mucho retozar en esas extensiones colmadas de naturaleza pura y sobre todo disfrutar la noche. El fuego en el hogar con la luz apagada, leer un buen libro antes de dormir o escuchar la Tonomac tapado hasta la cabeza. También escudriñar los cielos límpidos nocturnos, ver con los prismáticos los cráteres de la luna llena o la vía láctea que es una nebulosa hasta que uno enfoca los lentes y entonces se da cuenta que la nube brillante está formada por millones de diminutos puntitos de luz y que esos puntos son estrellas y que tal vez cada uno tenga un sistema de planetas. Jamás sentí temor alguno, no por ser valiente sino por estar consciente que no existe ningún peligro. El único peligro real es la mordedura de la viuda negra en los últimos meses de verano, pero con un poco de cuidado tampoco es un peligro.
Nunca puse llave a la casita en donde vivo e incluso en verano duermo con todo abierto. Hay sí en el campo una vieja cruz de hierro que no sé a ciencia cierta si coincide con su respectivo difunto, ese es el comentario pero no le doy importancia porque las habladurías son solo eso: habladurías. La historia sí es real, a unos cuatrocientos metros de mi casita hubo a principios del 1900 una pulpería o almacén o boliche de campaña donde llegaron tres bandidos corridos por la policía. Uno de ellos venía con un balazo que un francotirador le había asestado. Los del boliche sabían que llegarían los tres fugitivos y los esperaron emboscados. Solamente al boliche se llegó el herido y ahí nomás fue acribillado. Los otros dos huyeron. Cuenta la leyenda que lo enterraron donde encontré la cruz. Pero nunca les temí a los muertos ya que bien muertos están y no molestan a nadie….   
Hechas las salvedades del caso narraré a continuación sobre lo ocurrido:
Estaba en mi ante último día de estadía y había adelantado todas las tareas que correspondían. Por eso mismo casi la tarde vencida tomé el fusil BRNO y lo colgué en mi hombro. Salí con rumbo al poniente mientras el sol comenzaba a hundirse. Caminé por la orilla de los corrales e incluso pasé a escasos metros de las ruinas del viejo almacén. Traspuse la cerca de alambre y la ancha picada cortafuegos para embocar la picada perpendicular angosta abierta para enterrar un acueducto que sirve al tanque australiano del pozo derrumbado. Caminaba despreocupadamente olisqueando los aromas del monte que se hacen notorios a esa hora en que la humedad reviene y ablanda las resinas de las hojas. Me había llamado la atención unas pequeñas huellas de tal vez algún roedor y tenía la mirada baja. Al levantar la cabeza me encuentro con un ser que venía hacia mi encuentro. Y digo ser porque no era humano ni animal. Una criatura más o menos de mi estatura, quizás algo más alto, de aspecto homínido con una cabeza que hacía recordar a la de un chimpancé. Pero con pilosidad poco tupida de color rojizo del largo de una mano abierta. Delgado con un aspecto fibroso, fuerte y flexible. Unos treinta o cuarenta metros más atrás apareció de la derecha otro ser similar que también se dirigió hacia a mí. Caminaban erguidos y adelantaban un poco la cadera a cada paso. Yo estaba pasmado. Pero la mirada era distinta a cualquier mirada. Fija, como la de un depredador. Escalofriante. No podía quitar la vista de esos ojos. Estaba ya a unos dieciocho o veinte metros y sus ojos se pusieron rojos brillantes como dos luces de freno. El de atrás repitió la maniobra a escasas décimas de segundo. En ese momento me di cuenta que la cosa venía muy mala. Yo sé que lo de los ojos rojos parece un recurso barato de un mal film de terror pero debo ser fiel a los hechos y contar la historia tal cual ocurrió.
Unos pasos más adelante, el más cercano sacó de no sé donde (parecía de la axila) una especie de boomerang con forma de esvástica, pero en vez de ser de ángulos y líneas rectas tenía los lados curvos en forma de paréntesis. Me lo arrojo girando en dirección al cuello. En ese momento y desconozco la razón, me sentí elevado en el aire a la altura de dos metros. El pánico corporal –mi mente corría rápido- me había tomado por completo. El objeto vino girando hacia mí y en ese momento saqué fuerzas de donde no las tenía y antepuse mi mano derecha. Justo a tiempo porque el objeto rozó la muñeca de una manera muy sutil, recuerdo que fue como el roce de una umbela de Diente de León. El solo contacto hizo correr un frío por toda mi médula espinal y ese frío me inmovilizó totalmente. Creo que solo podía mover los ojos o tal vez fue solo mi vista periférica que vio pasar el objeto a escasos milímetros de mi cuello y luego lo vi volver ya a cierta distancia, por mi derecha. Con la misma suavidad que me encontré levitado estaba otra vez en el suelo. Descolgué el fusil, puse rodilla en tierra, abrí el cerrojo y miré la bala que entrara en la cámara. Quería cerciorarme que el disparo saldría sí o sí. Era increíble, aunque mi cuerpo apenas respondía mi mente funcionaba a mil y recuerdo que tuve tiempo para pensar una ironía: “qué efecto le haría la pildorita 7.62 a la criatura” y hasta me atrevería a afirmar que me causó gracia, incluso podría haberme animado a una sonrisa nerviosa.
Levanté el fusil, busqué a la primer criatura y ya no estaba. La segunda tampoco. Se habían ido de la misma forma que habían llegado. ¿Extraterrestres? Afirmaría: “intraterrestres”. Esos diablos aparecieron como si la tierra se hubiese abierto y luego se los hubiese tragado, cerrado sin dejar vestigios. Qué fría malignidad en la mirada, que sensación de perversa inteligencia. Me pregunto que querrían de mí, qué harían de mí. Evidentemente tenían poder, tenían también ese objeto tecnológico, de aspecto simple pero que por un momento se apoderó de mi sistema nervioso central dejándome totalmente inerme. Y solo me tocó la muñeca, no quiero pensar si se hubiese enredado en el cuello. El poder hubiese sido absoluto y persistente. Tengan en cuenta que al espanto ante la presencia de los seres se agregó el pavor inconmensurable –por un momento- del desamparo vivenciado al no poder reaccionar. Y menos mal que se me ocurrió salir con el BRNO que posiblemente los haya disuadido. ¿Y si no lo hubiese llevado? Tal vez la historia no sería contada aquí…. 
Como no tengo que demostrar hombría y soldado que huye sirve para otra guerra, di media vuelta y a paso rápido, por momentos a la carrera, y mirando hacia atrás a cada momento regresé a la casita, junté las pocas pilchas, la comida remanente, las revoleé en la doble cabina y salí a las polvaredas rumbo a la ciudad.....


« Última Modificación: 26 de Marzo del 2019, 23:32 por El luxado »