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Sorpresa de Año Nuevo

Desconectado El luxado

  • Cuis Hachero
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  • Avatar by Intruder700
Sorpresa de Año Nuevo
« : 27 de Diciembre del 2015, 12:37 »
Sorpresa de Año Nuevo
Viene a raíz de esto: http://loscuises.com.ar/casicas-y-antiguas/el-avion-mas-bello/msg216675/#msg216675

En mi Focke Wulf Fw 190 A-8, dando saltos sobre la pista de grama -del aeródromo de Paderborn-, ya no soy el hombre afable, aplicado que todos conocen. Son las primeras horas de luz de la mañana de año nuevo. El entorno bélico me ha trasformado en la perfecta maquinaria de matar y destruir. La intención es atacar al enemigo cuando menos se lo imagina. Dentro de esta carlinga exigua, se remite al combate Wolf Dietrich von Preus; sólo hay lugar para el honor, el coraje, la habilidad, la astucia. Nadie podrá decir ahora, que sólo soy un terrateniente burgués.
Cae agua nieve sobre Europa, un cielo plúmbico de nimboestratos y de pocos cúmulos, se abate ominoso sobre mi cenit. Cada tanto las nubes se abren para dejar ver al gran sol en desganado despertar. Soy el Staffelkapitn* del jagdgeschwader** veintisiete; inmediato a mi izquierda, a nivel, vuela Eduard Stumpff; a la derecha, algo más retirado y unos treinta metros sobre mí, Hames König; todavía más atrás y abierto en la “ve”, a altura intermedia: Oliver Ibel. Todos jóvenes sin experiencia; ni siquiera los conozco, se han alineado tras de mí para seguirme en formación. Ya no quedamos ases en la Luftwaffe; han sido todos, dignamente abatidos. La misión es demasiado seria para ellos; temo no poder traerlos de regreso a casa. Siento pesar por estos novatos mandados al sacrificio inútil. Son tantos los que mueren, que los reponen elegidos al azar. Debo apartar éstas ideas negativas de mi cabeza, no me permitiré responsabilidades por meras piezas descartables de un juego casi sin sentido que ha diseñado otro.
Pienso en mi mujer… A estas horas estará en la cocina; la pequeña Avril girará por toda la casa en el andador comprado en una tienda local. ¿Para qué pedirlo a Berlín? Hubiese sido gastar sin utilidad, los de aquí son aceptablemente buenos y funcionan.
El paisaje se extiende monótono, la nieve es fina y perdona en mosaico, algunos cuadriláteros irregulares de color tierra; otros de verde exánime. Leves fantasmas repetidos habitan el suelo: son pinos nevados. La orden es volar bajo; tengo en cuenta los noveles pilotos; la altitud actual es de trescientos cincuenta metros. Para mí, volar bajo es cortar con el disco transparente de la hélice, las últimas agujas de los árboles.

Los aviones me atraparon desde niño; mi padre fue el culpable, me llevaba al campo de aviación cada vez que aterrizaban.
En cierta ocasión, fuimos a ver un avión de entrenamiento siniestrado a escasos metros de la cabecera de pista. La máquina había golpeado con violencia horadando un enorme hueco, para saltar más allá y quedar en amasijo informe de: metales, equipos, jirones de vestidos, carne humana. La caída a tanque lleno había impregnado el suelo y todo olía a nafta de aviación.
Pero la exhalación que yo conocía tan bien de visitar hangares, no fue en ese momento el de la bencina, sino el de la muerte violenta. El de la muerte estrellada, enredada entre hierros retorcidos, manchada de aceite, de sangre, de fluidos mecánicos; sordidez provocada por la nueva tecnología. El olor talló el recuerdo indeleble dentro de mi joven cerebro, no lo olvidaré jamás; tampoco la imagen del zapato vacío, desgarrado en un costado.   

¡Adrenalina! He avistado máquinas enemigas muy próximas, son cuatro Lightning (relámpago) Lockheed P-38 bimotores. Aparecen a las “dos”, vuelan casi en sentido contrario, paralelo, unos cien metros por debajo de nosotros. Doy aviso radial de ataque; ellos no nos han visto. Continúo el vuelo con igual rumbo unos segundos más; inicio el giro en descenso- Elijo el que me parece más ingenuo… disparo una ráfaga corta de ametralladoras y cañones. Doy en el blanco, disminuyo gas a fin de no sobrepasarlo; él, en un intento desesperado, trata de ascender –ha entrado en pánico-, pierde velocidad; su aluminio es carne de mis proyectiles, se detiene en el cielo… cae herido de muerte, se estrella en el río. Una escuadrilla de tres Messerschmitt se agrega a la lucha. Veo pasar a uno de los nuestros disparando a otro P-38. ¡Bien!
Cruza un americano delante de mí; simplemente me coloco en su cola y disparo: mis cuatros cañones MG 151/20E lo destrozan; comienza a girarse, se pone de cabeza, pierde altura a tasa creciente… se desintegra contra el piso a pocos metros de la ribera. Miro hacia mis lados, todo ha terminado; en escasos cuatro minutos. Me encuentro sobre terreno enemigo y he recorrido la mitad aproximada del trayecto.
La planta motriz suena mejor que cualquier sinfonía de Wagner; los catorce cilindros en doble estrella de la Bayerische Motoren Werke*** se enlazan con centenares de preciosas piezas en movimiento.  Algunas circulares, otras alternativas****; cada una orquestada varias veces por segundo.
He volado todo el tiempo hacia el oeste (rumbo 270), me encuentro sobre el punto de giro cerca del pueblo de Eindhoven, lo evito para no ser detectado y me ubico entre el triángulo delimitado por la carretera que va de Eindhoven a Tilburg y la aldea de Zeelst; vuelvo a girar hacia la izquierda para centrar el ataque desde el suroeste. A unos ocho kilómetros diviso la base aérea, es una “X” borrosa en medio de la bruma gris; adelanto el mando para zambullirme y doy acelerador al máximo, el Focke aumenta la velocidad a: seiscientos, seiscientos cincuenta, setecientos kilómetros or hora; salgo de la picada, estabilizo a la altura del bosque, ahora soy una mancha corrida, he dejado a los nuevos pilotos atrás; faltarán tres mil metros. Realizo un breve ascenso, corto gas, vuelvo a picar; los Spittfire se alinean en la pista, alistados a despegar; han podido escuchar el ruido próximo de los motores y se preparan desesperadamente a repelernos.
Centro al último de la fila, comienzo el suave giro en ascenso para iniciar el ataque con las MG de trece milímetros y los cañones MG 151 de veinte; destellan rabiosas mis armas, disparo al grupo sin cesar; creo imaginar cómo la cabina se ha llenado de olor a pólvora, saltan trozos de fuselajes enemigos, los proyectiles que no dan en el metal levantan nubes de polvo al golpear el suelo; una de las aeronaves apenas en movimiento estalla en una bola de fuego. He olvidado la orden de atacar; grito: ¡Ataque! ¡Ataque! ¡Ataque! (cómo si los otros no supieran). Giro en ascenso, trataré de colocarme en posición; trescientos sesenta grados a circundar; mi Focke disminuye aceleración, crujen las cuadernas sometidas a la violencia del giro; trescientos, doscientos cincuenta kilómetros, otra vez en posición. Mis aviones pasan por encima a toda velocidad; uno de los Spittfire tocado humea y se retrasa -una granada antiaérea explota a escasos metros de mí, sin afectarme-; ensaño mis armas contra él; se desprenden trozos de aluminio. La fumarola se torna abundante y oscura, se desestabiliza, guiña, cae a tierra. Sólo queda de él una masa calcinada y humeante. De los tres que vuelan, dos se encaraman en amplio giro izquierdo, tratando de escapar; el tercero lo hace por la derecha. Conozco la maniobra; si persigo a cualquiera, siempre habrá un opuesto que intente la pinza, me busque la retaguardia. Estaré atento.
Fijo mi vista en uno de los de la izquierda, decido darle caza. Trepa, trepa, trepa hasta hacer un rizo. Lo sigo; mi pequeño Focke no se agrada con este tipo de subidas, el muy tozudo se resiste. Activo la inyección de agua y metanol –potencia extra de emergencia-, el BMW de mil setecientos caballos de fuerza se incrementa: a dos mil cien; el motor es un gran sonajero a punto de quebrarse.
Por un momento parece que va a escapar; fuerzo, fuerzo. Logro acercarlo a la mira. Hace un viraje violento a izquierda; no me toma por sorpresa, he apuntado más adelante del recorrido y ametrallo; la munición de trece milímetros se precipita al vacío, la aeronave va hacia ese mismo lugar… se encuentran. Reaseguro la presa con otra ráfaga. He golpeado por segunda vez; se precipita al suelo. Es irónico, tanto fragor y sin embargo, resuena en mis oídos la feliz vocecita de Avril, sus simpáticos monosílabos que pronto terminaran siendo palabras. Hago un breve saludo y grito: ¡Feliz año nuevo! Desconecto la sobrepotencia.
Como lo había previsto, uno de los cazas ha venido por detrás, agito mi máquina hacia un lado y el otro, palanca-pedal, hago derrapar al pequeño Focke a fuerza de timón. Veo pasar las trazadoras por encima mío, por poco me da. Él tiene la ventaja del movimiento cerrado; la mía, es la velocidad. Bajo a escasos metros del suelo, activo la potencia de combate; pronto tomo distancia, el Spittfire se achica hasta ya casi no verlo. Atraigo la palanca hacia mi estómago, comienzo el Immelmann a quinientos cincuenta kilómetros por hora; en catorce segundos me encuentro en la cúspide, invertido, mil metros por encima. Palanca a la derecha, medio tonel, estabilizo. Busco al Spitt, apenas lo veo pasar por debajo, mi propio fuselaje lo tapa. Por primera vez desde que empezó la misión me siento en peligro. Me invierto y pico (la Split-S), Pronto gano la velocidad que perdí en trepada, pero… suma tanto que debo ladear la vuelta para no clavarme en el suelo. König grita por la radio un angustiado: “¡Estoy recibiendo daño!” Lo lamento, no puedo hacer nada por él.
El inglés ha logrado colocarse detrás de mí; para colmo de males he perdido demasiada velocidad; soy un blanco fácil. Suelto el tanque lanzable de trescientos litros;  de todos modos, estaba casi agotado (el tanque principal se conserva repleto). Liberado de él, ganaré agilidad. ¡Una ráfaga me ha dado! Creo que en los timones, por fortuna continúo en vuelo. Me pego a la superficie, coloco los “flaps” al máximo; mi pequeño Focke parece un tractor arrastrando una carreta. Puedo ver las casas, los patios, la vegetación con sumo detalle; no transita ni un alma, todo parece deshabitado. Debe ser por el combate.
Cierro los virajes al punto de entrar en pérdida; sólo la fuerza de emergencia me mantiene en el cielo enroscado por la hélice. Pido ayuda. Me contestan que no pueden acudir. En una de las vueltas, veo el aeroplano de Hames König caer en la punta de una combada y cónica columna de humo. No salta. Es hombre muerto. Ya posee asignado su ataúd. Lo ha volado durante toda la mañana.
¿Qué hace ese avión? ¿Un as será quién me derribe? Parece una trampa del destino, que pueda todavía mantenerse en el aire. Maniobro desesperado con todas mis fuerzas, en zig-zag. Espero hacerle perder velocidad, espero que caiga o se vea obligado a rebasarme para lograr aerodinámica. ¡Lo hace!... ¡Lentamente pasa sobre mí! ¡Ha expuesto su vientre indefenso! Trato de subir el morro para darle; no tengo impulso; no llego; quito flaps y el Focke acelera gradualmente. Sí, ahora responde mejor. Centro. Descargo una andanada. Doy en el blanco. Él intenta un tonel volado. Lo tengo. Trata de evitarme con giros amplios en ascensos y descensos. Conservo la ventaja haciendo mis mejores yo-yo altos, en ataque. Todavía no disparo, quiero asegurarlo. No ha aguantado la presión, pareciera entregado; se nivela en vuelo casi recto (el muy tonto). Sí, a punto; disparo con todo el arsenal, una corta ráfaga; vuelan escombros. Gatillo nuevamente, el avión se deshace en miles de pequeñas partes. Busco la cabina, disparo. ¡Blanco! Insisto… sobre la cabina. Estalla súbitamente en medio de una nube negra. Salta un plano alar, los timones se desmiembran… el motor se ha desprendido, va dando tumbos; su hélice continúa en giro. Penetro en la deflagración; espero no chocar con nada. Pasé ¡gracias a Dios!
Grito: ¡Adiós, idiota! Idiota. (Pobre idiota).   
Eduard Stumpff da el aviso: el tercer y último avión fue derribado.
Me encuentro feliz, exultante. Hago una picada y aparece una casa blanqueada a la cal, de dos plantas… techo de tejas oscuras a cuatro aguas. Dejo que se acerque. Disparo mis cuatro cañones de veinte milímetros. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! La atravieso de cabo a rabo. Sólo pensar en los floripones de revoque saltado me colma de alegría.   
Debo tranquilizarme, regresar a mis completos cabales. Presiento un vuelo aburrido, sin sobresaltos.
Llevo la conciencia tranquila. Para mí, es apenas un juego de guerra; mi único propósito, llegar sano y salvo al mismo aeródromo que  me vio partir. Todas las demás son circunstancias a sortear. La aeronave enemiga, sólo una figura que deberé centrar en la cuadrícula de la mira. Su piloto… un nombre impreso en algún lugar.
 
La base aparece de pronto. Siempre me sorprende, corto gas, giro a estribor, espero a disminuir la velocidad. Bajo los alerones un cuarto, desciendo a treinta metros por segundo; alerones otro cuarto, ruedas afuera. Presto atención, nunca se sabe si el tren responderá. Primero un ligero estremecimiento, luego el sonido que surge de las entrañas de la nave; escucho hasta considerar completa la extensión. Repaso las luces testigo; sí, funcionó al ciento por ciento; por esta vez, evitaré el peligroso panzazo. Giro a babor con rumbo 060 (el mismo de la pista), alerones otro cuarto, bajo todavía más el morro sin hacer caso a los procedimientos recomendados por manual, -es escandaloso el sumergimiento- alerones al máximo. A pesar de la picada, los “flaps” me sustentan y aminoran la velocidad. Al llegar al comienzo de la pista, jalo el bastón hacia atrás; mi Focke responde con elegancia levantando el morro. De esta manera, resto presión al tren y toda sustentación se transforma en resistente al aire; la aeronave disminuye la velocidad y graciosa toca tierra. Siento un breve empujón, otra vez la vibración del campo irregular. Me encuentro recorriendo la pista, tengo la velocidad correcta, en disminución. Los peligros han terminado. Toco los frenos, apenas. No quiero pasarme más allá de los hangares; doy timón, un ligero golpe de acelerador; enfilo hacia el aparcadero donde atarán a mi querido avión y le darán servicio.
He llegado, desciendo, hago una reverencia a mi Focke, compañero de aventura; lo saludo -no sin cierta emoción-.
Hoy me encuentro extenuado, obviaré las congratulaciones, sólo pienso en la cena que debe haber preparado mi mujer; sólo pienso en Avril (mi nieta); aprieto F10; del ángulo superior derecho del monitor se descuelgan varias opciones, llevo la flecha a: “Salir del Combat Microsoft Flight Simulator”. Clickeo. Una nueva leyenda se sobreimpone: “¿Confirma que desea salir del CMFS? SI-NO”.
Contesto sí. 

Glosario:
*       Staffelkapitn: Jefe de escuadrilla.
**     Jagdgeschwader: Escuadrón de caza diurna.
***   Bayerische Motoren Werke (BMW): Talleres Bávaros de Motores.
**** La biela es el único elemento del motor de émbolos, en que un extremo va y viene linealmente; el otro, inscribe la circunferencia. Los puntos intermedios delinean elipses casi tan aplanadas como la recta; hasta las casi tan llenas como el círculo. Esto depende de su ubicación y de la distancia que los separa de sus principios.

Aclaración: Toda la acción, personajes, nombres, escuadrones, lugares, información en gral.; hasta el título de la misión, los he tomado del tercer simulador de combate comercializado por Microsoft.
Los datos técnicos de motor, armamento, y glosario, del libro: “La Luftwaffe de Hitler” Autores: Tony Wood/Hill Gunston. Editorial (en castellano) San Martín (Madrid).


Autor: Luxadín... ¡Ojo con el plagio!
« Última Modificación: 01 de Enero del 2016, 17:39 por El luxado »

Desconectado Jarod

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  • 6454
  • Juan Pablo
Re:Sorpresa de Año Nuevo
« Respuesta #1 : 30 de Diciembre del 2015, 22:55 »
y otra vez me dejé llevar por la lectura... giro hacia allí, giro hacia allá... la inhalación de aire acompañada de la contracción muscular en la boca del estómago cuando el bastón fue llevado a fondo hacia atrás...

 graciasx Luxado por el relato!!!  aplaux aplaux


te parafraseo en algo: "sólo hay lugar para el honor, el coraje, la habilidad, la astucia."... totalmente aplicable a las 2 ruedas!!  okx okx

Aquí los conocí... aquí los he de encontrar

 


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