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Un fragmento de "Mientras agonizo"

Desconectado El luxado

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Un fragmento de "Mientras agonizo"
« : 22 de Febrero del 2015, 13:09 »
Mientras agonizo
William Faulkner

-No tengo madre- dice Darl-. Porque si la he tenido, es era. Y si es era, no puede ser es. ¿No crees?
-Sí- digo.
-Entonces yo no soy- dice Darl-. ¿O sí?
-No- digo.
Yo soy. Darl es mi hermano.
-Pero tú eres, Darl- digo.
-Lo sé- dice Darl-. Por eso no soy es. Y son es demasiado para parirlo una sola mujer.

Cash lleva su caja de herramientas. Padre le mira.
-Cuando volvamos me pararé en casa de Tull- dice Cash-. A arreglarle el tejado del granero.
-No es respetuoso- dice padre-. Es un desprecio a tu madre y a mí.
-¿Quiere que vuelva hasta aquí y luego vaya a casa de Tull a pie cargando con esa caja de herramientas?- dice Darl.
Padre le mira, mientras su boca masca. Padre ahora se afeita todos los días porque mi madre es un pez.


Nota
La escena se desarrolla en los EEUU profundo y agrario de los (calculo) años 40.
Narra Vardaman, uno de los que viajan en una carreta junto a su padre y otros hermanos. Transportan el ataúd con la madre muerta. Cash es carpintero y ha construido el cajón mientras la madre agonizaba. La vieja, desde su habitación podía escuchar como Cash aserraba y clavaba la madera, también conocía el objeto de esa labor.
He separado los párrafos pero van uno después del otro, sin interrupción. Tengo ganas de explicarlos pero me voy a contener. Que cada cual lo interprete a su manera. Este libro que estoy leyendo me aburre bastante, sin embargo, me asombra la escritura genial del autor.
« Última Modificación: 23 de Febrero del 2015, 13:57 por El luxado »

Desconectado El luxado

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Re: Un fragmento de "Mientras agonizo"
« Respuesta #1 : 23 de Febrero del 2015, 17:50 »
¿Y por qué lo leo si me aburre? Se preguntarán ustedes...

Por varias razones, pero por una en especial que contaré al final.
a) Para aprender de un grande
c) Porque libros que comienzan lentos se van poniendo interesantes y van develando un mundo desconocido en la medida que avanza la lectura.
b) Porque este libro me encontró a mí y no viceversa....
Va la historia:

El ejemplar que estoy leyendo lo compré la ante última vez que visité Rosario. Caminábamos con Primo y con El Tuta. Era una época en que éramos amigos con Primo, aunque a decir verdad yo no me enemisté nunca con él. Solamente pedí su baja como moderador por comportamientos que iban en contra del papel que él había aceptado desempeñar. Si hubiese sido un usuario cualquiera no me hubiera molestado para nada, pero él no era un usuario común, era moderador. Y yo creo que es una responsabilidad que se debe cumplir si se ha aceptado ese lugar. Bueno, pero es una ocurrencia mía y tal vez no haya tenido razón para tal pedido, como me lo remarcaron mis compañeros moderadores.
Retomo el relato. Caminábamos los tres, muy relajados y tal vez pensando en mandarnos un porrón de cerveza en cualquiera de los bares que abundan en la zona cuando de pronto vi una librería donde fui a revolver un poco. Allí lo encontré. No sé porque lo elegí. Si es que alguna vez me lo recomendaron no lo recuerdo. Quizás habría leído sobre el autor y me rondaba el run run por la cabeza. En esos días de jolgorio no tuve tiempo de leerlo y quedó abandonado en el fondo del bolso de viaje.
Tiempo después, en casa, me dispuse a abrirlo. Había en él algo familiar y cuando comencé la lectura la sensación se hizo más patente.
Entonces busqué entre mis libros, no en mi biblioteca, porque lo que tengo es un quilombo de libros metidos en cualquier hueco, aún en los más recónditos.
Y sí, encontré un ejemplar de la misma edición. Con idéntica tapa. Lo había comprado en Córdoba un año antes, en una oportunidad que había visitado a El Tuta. Recordaba el lugar y todo. Fue sobre la Avda. Velez Sarfield o la General Paz. Porque la librería se ubica más o menos a la altura donde nace o donde muere el nombre de la calle.
Quiero decir que dos veces había llamado mi atención. Doné uno de los libros a la biblioteca de Autores Pampeanos y me prometí leer el otro ejemplar...
« Última Modificación: 23 de Febrero del 2015, 20:27 por El luxado »

Desconectado Jarod

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  • Juan Pablo
Re: Un fragmento de "Mientras agonizo"
« Respuesta #2 : 23 de Febrero del 2015, 23:45 »
Lo he sentido nombrar a Faulkner, no tengo presente haber leído algún texto de él

Si he leido a otros, como Dostoyevski, otro tanto a Nietzche hace un tiempo... todos nacidos en el siglo XIX, al principio el primero, a mediados el segundo, y a fines el autor que citas... son estilos, improntas, sentimientos, ideologías, y un sinfín de cuestiones más contenidas entre 2 tapas y que pueden llegar a generar "algo", o no, en el lector de turno

Bien lo dices en ese juego desordenado de incisos: se aprende!!! y ello, entiendo, es de por sí útil  okx


Rescato una frase: "Padre le mira..." mientras vienen a mi recuerdo momentos del pasado muy pasado, no tan pasado y hasta de este presente

 okx

Aquí los conocí... aquí los he de encontrar

Desconectado El luxado

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Re: Un fragmento de "Mientras agonizo"
« Respuesta #3 : 03 de Julio del 2015, 23:09 »
Cuises: vuelvo a transcribir un pasaje de "Mientras agonizo" que se ha borrado en aquellos episodios de hace unos meses atrás. Hoy lo descubrí releyendo historias. Ahí va...

¿Dónde está Jewel?
-En la cuadra- digo-. Enganchando el tiro.
Está allá abajo, pasando el rato con ese caballo. Cruzará la cuadra y saldrá a campo abierto. Al caballo no se le ve por ninguna parte: andará por ahí arriba entre los nuevos brotes de pino, al aire fresco. Jewel silba, un solo silbido estridente. El caballo resopla, y entonces Jewel lo ve, reluciente entre las sombras azules, por espacio de un cegador instante. Jewel vuelve a silbar; el caballo empieza a bajar por la ladera. Con las patas bien rectas, las orejas erguidas y trémulas, los desiguales ojos inquietos, y se para a unos siete metros, de costado, mira a Jewel por encima del lomo en actitud traviesa y alerta.
-Venga para acá, señor- dice Jewel.
El caballo se mueve. La piel cobra súbita vida, y se frunce en lenguas que se arremolinan como llamas. Con la crin y la cola al viento y los ojos casi en blanco, el animal emprende otra breve carrera corcoveante, y vuelve a pararse con las patas juntas, bien ancladas, vigilando a Jewel. Jewel echa a andar hacia él con paso rítmico y firme y las manos en las caderas. Si se exceptúan las piernas del hombre, son como dos tallas de retablo salvaje bajo el sol.
Cuando Jewel casi puede tocarlo, el caballo se alza sobre las patas traseras y cae como un rayo contra Jewel. Jewel se ve envuelto en un brillante amasijo de cascos, como en una ilusión de alas; entre ellas, bajo el alzado pecho equino, se mueve con la rápida y ágil sinuosidad de una serpiente. Por espacio de un instante, antes que el golpe le llegue a los brazos, ve su cuerpo entero en el aire, horizontal, agitándose como una sierpe, hasta que sus dedos encuentran las ventanas del hocico del caballo, y sus pies vuelven a asentarse en tierra. Entonces los dos se quedan rígidos, inmóviles, pavorosos; el animal cargando los cuartos traseros sobre las patas tiesas, trémulas, con la cabeza gacha; Jewel con los talones hundidos en tierra, tapándole el morro con una mano y con la otra acariciándole el cuello con una miríada de rápidos, cariñosos golpecitos, mientras lo maldice con feroz impudicia.
Y allí siguen en un rígido y aterrador hiato, mientras el caballo tiembla y bufa. Luego Jewel está sobre sus lomos, y se ve impulsado hacia lo alto en un súbito corcoveo que es como el azote de un látigo, y su cuerpo suspendido en el aire se vuelve simétrico al de su montura. Durante otro instante el caballo se queda con las patas abiertas y la cabeza baja, y luego echa a andar. Bajan por la colina en una sucesión de brincos y sacudidas de espinazo, Jewel aupado sobre el lomo, pegado a la cruz como una sanguijuela, y llegan a la cerca y el cuadrúpedo vuelve a frenarse hasta que su paso se reduce a un suave trote.
-Bien- dice Jewel-. Puedes dejarlo ya, si ya has tenido bastante.
Dentro de la cuadra, Jewel se desliza hasta el suelo antes de que el caballo se pare. Cuando el animal entra a su habitáculo, Jewel entra tras él. Sin mirar siquiera hacia atrás, el caballo le lanza una coz y uno de sus cascos golpea la pared con un estruendo que es como un disparo. Jewel le da una patada en la panza; el caballo arquea el cuello, enseña los dientes. Jewel le da un puñetazo en plena cara, y va hasta el abrevadero y se sube encima de él. Se agarra al altillo del heno y baja la cabeza y mira por sobre los tabiques de madera hacia la entrada. El sendero está vacío. Desde donde está él ni siquiera oye la sierra de Cash. Alarga el brazo y va atrayendo hacia sí montones de heno que hace caer apresuradamente en el comedero.
-Come- dice-. Haz desaparecer este maldito forraje mientras puedas, barrigón del demonio- dice-. Grandísimo y encantador hijo de p….

Desconectado El luxado

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Re:Un fragmento de "Mientras agonizo"
« Respuesta #4 : 24 de Noviembre del 2015, 21:25 »
Samson
El vecino que vive al lado del puente roto le da hospedaje a la familia que lleva la muerta...

…porque cuando le dije a Cash que tendrían que volver a New Hope para cruzar y qué era en mi opinión lo que debían hacer, él se limitó a decir:
-Creo que podemos llegar.
No me gusta meterme donde no me llaman. Que cada cual se ocupe de sus propios asuntos, suelo decir. Pero después de hablar con Rachel de que no tenían a nadie que pudiera prepararla, y siendo julio y demás, volví al establo y traté de hablar del asunto con Bundren.
-Le di mi palabra -dice-. Siempre lo quiso así.
Caigo en la cuenta que son vagos, los que odian moverse, los que siempre siguen adelante una vez que se han puesto en movimiento; al igual que, una vez quietos, parecen odiar más el hecho de ponerse en marcha y de volver a pararse que el propio movimiento. Y es como si Bundren se sintiera ufano de cualquier imprevisto que hiciera parecer duro el hecho de quedarse quieto o ponerse en movimiento. Está en la carreta, encorvado, pestañeando, escuchándonos contar lo rápido que había arrastrado el puente y lo enorme que había sido la crecida, y que me cuelguen si no actúa como si estuviese orgulloso de lo que oye, como si hubiera sido él mismo quien hubiera hecho que se desbordara el río.
-¿Dice que en su vida lo había visto tan crecido…? –dice-. Que sea lo que Dios quiera –dice-. Supongo que no va a estar mucho más bajo por la mañana –dice.
-Será mejor que se queden aquí esta noche –digo-, y salgan mañana temprano para New Hope. –Me daban pena esas mulas esqueléticas. Se lo conté a Rachel; le dije-: ¿Qué? ¿Querías que les dijera que se dieran vuelta en la oscuridad, a doce kilómetros de su casa? ¿Qué otra cosa podía hacer? –dije-. No será más que una noche, y la van a meter en el establo, y se pondrán en marcha en cuanto amanezca.
-Así que a ellos le digo-: Quédense esta noche y mañana a primera hora se vuelven a New Hope. Tengo herramientas de sobra, y los chicos pueden ponerse a cavar después de la cena y dejarlo todo listo. –Y entonces veo que la chica me está mirando. Si sus ojos fueran pistolas, no estaría aquí contándolo. Y que me cuelguen si no me lanzó una mirada de fuego. Así que cuando volví a entrar en el establo y me acerqué a ellos, ella siguió hablando sin darse cuenta de mi presencia.
-Se lo prometió- dice-. No quiso irse hasta que usted se lo prometió. Pensó que podía fiarse de su palabra. Si no cumple su promesa, caerá una maldición sobre usted.
-Nadie puede decir que no quiero mantener mi palabra –dice Bundren-. Mi corazón está abierto a las personas.
-Me tienen sin cuidado cómo está su corazón- dice la chica. Habla en voz baja, como en susurros, y muy deprisa.
Se lo prometió. Tiene que hacerlo. Usted…. – Entonces me ve y deja de hablar, y se queda quieta. Si hubieran sido pistolas, no estaría aquí contándolo. Así que cuando le hablé del asunto, él dijo:
-Se lo prometí. Ella no hacía más que pensar en ello.
-Pero lo lógico es que quiera tener a su madre enterrada aquí cerca, y así podría….
-Es a Addie que le hice la promesa –dice él-. Estaba empeñada en ello.
Así que le dije que la llevaran al establo, porque volvía a amenazar la lluvia y la cena ya estaba casi lista. Pero no quisieron entrar en casa.
-Se lo agradezco –dice Bundren-. Pero no queremos molestar. Tenemos algunas cosas en la cesta. Podemos arreglarnos.
-Miren –digo. Si ustedes son así de especiales con las mujeres de su familia, yo también lo soy con la mía. Y cuando alguien llega a la hora de la comida y no quiere sentarse en nuestra mesa, mi mujer lo toma como un insulto.
Así que la chica entró a ayudar a Rachel. Y luego se me acercó Jewell.
-Bien –digo-. Puedes coger heno del altillo. Dale de comer luego de darle lo suyo a las mulas.
-Me gustaría pagarle –dice.
-¿Por qué? –digo yo-. Jamás le escatimaría a nadie un puñado de heno para su montura.
-Me gustaría pagarle –dice.
Creí entender que se refería a algo extra.
-¿Por algo especial? –digo yo-. ¿Es que tu caballo no come heno y grano?
-Más cantidad –dice-. Siempre le doy más cantidad, y no quiero que le deba nada a nadie.
-A mí no se me puede comprar comida, muchacho –digo-. Y si tu caballo puede comerse todo el heno del altillo, por la mañana te ayudaré a cargar el granero entero en la carreta.
-Él nunca le ha debido nada a nadie –dice-. Me gustaría pagarle.
Y si yo pusiera en práctica lo que a mí me gustaría, no estarías aquí en absoluto, me dieron ganas de decirle. Pero dije:
-Bien, pues ya es hora de que empiece. A mí nadie me compra comida.
Después de servir la cena, Rachel y la chica fueron a preparar las camas. Pero ninguno de ellos quería entrar.
-Lleva muerta lo bastante como para estar ya por encima de todas esas tonterías –digo.
Porque siento tanto respeto por los difuntos como el que más, pero hay que empezar por respetar los cuerpos mismos, y a una mujer que lleva muerta en una caja cuatro días el mejor modo de respetarla es darle sepultura cuanto antes. Pero ellos no querían.
-No estaría bien –dice Bundren-. Pero si los chicos quieren acostarse en esas camas, a mí no me importaría quedarme solo con ella. No le voy a escatimar eso a ella.
Así que cuando volví los encontré de cuclillas en el suelo alrededor de la carreta. A todos ellos.
-Por lo menos deje que el chico entre en casa y duerma como es debido –digo- . Y tú también deberías venir –le digo a la chica. No quería meterme en sus cosas. Pero tampoco le había hecho nada a la chica, que yo supiera.
-Ya está dormido –dice Bundren. Le han acostado en uno de esos pesebres vacíos.
-Bien, pues entonces ven tú –le digo a la chica. Pero ella sigue sin abrir la boca. Los otros siguen en el suelo, en cuclillas. Apenas se les puede ver-. ¿Y vosotros muchachos? –digo-. Mañana vais a tener un día duro.
Al rato Cash dice:
-Se lo agradecemos. Pero podemos arreglarnos.
-No queremos deber nada –dice Bundren-. Pero le damos las gracias.
Así que los dejé allí en cuclillas. Supongo que después de cuatro días estarían acostumbrados. Pero Rachel se negaba a aceptarlo.
-Es una atrocidad –dice-. Una atrocidad.
-¿Qué otra cosa puedo hacer? –digo-, se lo prometió.
-¿Quién está hablando de él? –dice-. ¿A quién le importa él? –dice, llorando-. Lo que quiero que tú y él y todos los hombres de este mundo que no hacen más que martirizarnos en vida y despreciarnos cuando estamos muertas, llevándonos a la rastra por todo el condado…
-Un momento. Un momento… -digo-. Estás disgustada.
-¡No me toques! –dice-. ¡No se te ocurra tocarme!
Un hombre nunca sabe para donde va a salir. He vivido con la misma mujer durante quince años y que me cuelguen si lo sé. He podido imaginar montones de problemas que podrían surgir entre nosotros, pero que me cuelguen si alguna vez se me pasó por la cabeza que uno, pudiera ser un cuerpo muerto de hace cuatro días, el cuerpo de una mujer. Pero ellas se toman la vida a la tremenda, no como viene, como los hombres.
Así que me quedé echado en la cama, oyendo cómo empezaba a llover, pensando en los que estaban en el establo, en cuclillas alrededor de la carreta, con la lluvia sobre la techumbre, y pensando en Rachel que lloraba a mi lado –al rato creía poder seguir oyendo sus lloros pese a saber que ya se había dormido-, y oliendo el cuerpo muerto por mucho que supiera que no pudiera olerlo. Pero tampoco sabía muy a ciencia cierta si era posible olerlo, porque quizá era sólo saber que había un cuerpo en el establo.
Así que a la mañana siguiente no bajé al establo. Les oí enganchar y luego, cuando supe que estaban a punto de partir, salí por el porche delantero y bajé por el camino en dirección al puente, hasta que oí que la carreta salía de la finca y emprendía el viaje de vuelta hacia New Hope. Luego, cuando volví a casa, Rachel me  puso verde por no haber estado allí para hacerle entrar a desayunar. Uno nunca sabe con ellas. Cuando crees haber entendido que quieren una cosa, que me cuelguen si no tienes que cambiar de idea enseguida, y lo más probable es que además te lleves un buen rapapolvo por pensar que era eso lo que querían.
Pero era como si aún pudiera olerla. Aunque luego decidí que no era que la oliese, sino el hecho de saber que había estado allí (uno se engaña de cuando en cuando). Pero cuando entré en el establo me di cuenta que estaba equivocado. Al entrar por la puerta vi algo. Estaba como agachado, y al principio pensé que se trataba de uno de ellos que no se había marchado, pero luego vi lo que era. Era un buitre. Miró a su alrededor y me vio y avanzó por el suelo, con las patas abiertas y las alas como desplegadas, observándome primero como por encima del hombro y luego por encima del otro, como un anciano calvo. Al final salió del establo y alzó vuelo. Tuvo que volar un buen rato antes de ganar altura, estando como estaba tan pesado el aire y tan espeso y tan preñado de lluvia.
Si lo que decidían era seguir en dirección fija a Jefferson, supongo que lo mejor sería dar un rodeo por Mount Vernon, como había hecho MacCallum. Él, a caballo, estará en casa pasado mañana, y ellos estarán a unos treinta kilómetros de la ciudad. Pero puede que el que ese puente también se lo haya llevado la riada le enseñe a ese hombre la sensatez y el buen juicio del Señor.
Ese MacCallum… lleva unos doce años haciendo negocios esporádicos conmigo. Lo conozco desde chico; conozco su nombre de pila casi tanto como el mío. Pero que me cuelguen si ahora puedo recordarlo.
« Última Modificación: 24 de Noviembre del 2015, 21:27 por El luxado »

 


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